Por Pedro Cruz
El primer español que piso la tierra de lo que actualmente es el municipio de Cotaxtla fue el soldado expedicionario Miguel de Zaragoza.
También fue el primer hispano que habitó las playas de Chalchihuecan y sobrevivió comiendo pulpos, asados a las brasas, en la Isla de Sacrificios, donde los originarios de estas tierras sacaban el corazón palpitante de las doncellas vírgenes para ofrendarlo a sus dioses.
La historia es la siguiente: en junio de 1518, un año antes del arribo de Hernán Cortés a San Juan de Ulúa, atracó en Boca del Río, Juan de Grijalba con una escuadra de cinco navíos: dos naos con el mismo nombre, San Sebastián; las carabelas Trinidad y Santa María de los Remedios y el bergantín Santiago.
Recorrían sin prisa, pero sin pausa, el litoral del Golfo de México, procedente de Yucatán, buscando las ciudades de oro y plata que, según rumores de expediciones anteriores, como la Hernández de Córdoba, ⁹ existían en abundancia por estas tierras.
A Grijalva lo acompañaban varios hombres que al año siguiente regresarían con Cortés como el piloto Antón de Alaminos, el cronista-soldado Bernal Díaz del Castillo, Pedro de Alvarado, el capellán Juan Díaz y Francisco de Montejo.
Qué hubiera pasado, si en vez del intrépido y ambicioso Cortés, la conquista la hubiera realizado, a partir de este encuentro, el cauteloso y sensato Juan de Grijalba.
Traía órdenes del gobernador de Cuba Juan Velázquez, no de explorar, sino de poblar la tierra recién descubierta.
No lo hizo, dio marcha atrás, en el propósito y fue otra la historia que se escribió.
El primer encuentro formal con los embajadores de Moctezuma, provenientes de Cotaxtla, sede del gobierno Mexica, se dio en Boca del Río, junto en la desembocadura donde confluyen al mar los ríos Cotaxtla y Jamapa.
Según el cronista Bernal Díaz del Castillo, los visitantes desembarcaron en la playa y fueron recibido con algarabía: música de caracolas, bailes festivos, comida exótica y abundante, inciensos y perfumes; como regalo unas mantas de algodón confeccionadas con hermosos diseños que solo tenía licencia para vestirlas el emperador de Tenochtitlán.
Los españoles les regalaron en reciprocidad unas cuentas de vidrio, verdes, rojas y amarillas; espejos, bonetes, un casco de hierro y los nativos “quedaron encantados”.
Por qué Grijalva no ordenó un desembarco total y avanzó hacia tierra firme; quién sabe, tal vez le faltó coraje; no tenía un intérprete o tuvo un extraño augurio o presentimiento que le impidió continuar en el proyecto.
Lo cierto es que, tras varios días surto en altamar, cortó los cabos y ordenó levantar anclas; se despidió de los indios que lloraban a gritos y los abrazaban para que no partieran.
Es aquí donde entra en escena el soldado Miguel de Zaragoza, descontento por decisión de marcharse.
Dio un paso al frente y dijo “yo me quedo”, ante el disgusto de Grijalva y el asombro de sus compañeros.
En efecto, se quedó a vivir en los médanos del Morro, rodeado de privilegios, gracias a sus nuevos amigos de Cotaxtla.
Un año después, fue el primero en avistar la expedición de Cortés, mientras pescaba cabrillas y sierras en los bajos del sistema arrecifal; le fue muy útil al extremeño en la nueva empresa que emprendía al grado que, una vez terminado el proceso de Conquista con la caída de Tenochtitlán, el saldado Zaragoza fue recompensado con varias encomiendas de tierras en Cotaxtla y en la costa veracruzana.







