La delgada línea entre mi opinión y la tuya
por Julio Vallejo
Cuenta la leyenda que, mientras la ciudad duerme, una mujer regresa a Xallitic a lavar ropa y a cantar entre la piedra húmeda. Es una imagen que encaja bien con la narrativa oficial: tradición, misterio, identidad. La misma que presume al barrio como uno de los núcleos fundacionales de Xalapa y el primer “Barrio Mágico” de Veracruz.
Pero hay otra historia que no aparece en los folletos.
Hoy, Xallitic también es el punto al que algunos jóvenes miran cuando han perdido toda esperanza. Un lugar que pasó de ser símbolo de vida comunitaria a convertirse en referencia silenciosa de muerte. Y frente a eso, lo que abunda no es acción: es simulación.
Las cifras son claras y, sin embargo, incómodas. En 2025, Xalapa registró al menos diez suicidios consumados. La ciudad lleva años instalada en el segundo lugar estatal en estos casos, solo por debajo de Martínez de la Torre. Más grave aún: la tasa de suicidio juvenil se ha triplicado en las últimas tres décadas. No es una crisis reciente; es una crisis ignorada.
La respuesta de las autoridades ha sido tan visible como superficial: colocar rejas, mallas, cercas. Medidas que se anuncian con rapidez porque ofrecen una ilusión inmediata de control. Pero cercar un puente no es política pública; es control de daños. Es gobernar para la fotografía, no para la realidad.
Se insiste en intervenir el espacio físico mientras se abandona la raíz del problema: la salud mental. Como si impedir un salto resolviera el vacío que lo provoca.
La pregunta es inevitable: ¿dónde están los programas integrales de atención? ¿Dónde las brigadas permanentes en territorio, los psicólogos en puntos críticos, los espacios gratuitos y accesibles en el centro de la ciudad? ¿Dónde está la prevención real, más allá del discurso?
Porque lo cierto es que, ante una crisis emocional, una malla solo obliga a buscar otro lugar. Y cuando el Estado llega tarde —o no llega—, la consecuencia no es estadística: es irreversible.
También hay una deuda social. Una ciudad que no sabe identificar señales de alerta, que sigue estigmatizando la salud mental y que normaliza la ausencia institucional, termina siendo parte del problema. Pero la responsabilidad principal sigue estando donde siempre: en quienes gobiernan y los padres de familia.
Xalapa no necesita más infraestructura para ocultar su crisis. Necesita voluntad política para enfrentarla.
A las autoridades habría que recordárselo sin rodeos: las mallas pueden impedir un acto, pero no previenen una tragedia. Eso solo lo hace una política pública seria, sostenida y humana.
Mientras tanto, Xallitic seguirá siendo dos cosas al mismo tiempo: una postal que se presume… y un grito de auxilio que se ignora.
Si necesitas hablar, no estás solo. Línea de Intervención Psicológica (SSAVER): 800 260 3100. WhatsApp: 228 814 5565. También puedes acudir al módulo “Xallitic es Vida”, en el centro de la ciudad, con atención psicológica gratuita.
Porque el problema no es dónde ocurre. Es que sigue ocurriendo.







