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Los Reyes Magos y los regalos incómodos del poder

Diacrónico | Temporada I

Eleaney Sesma

Hay noches que una no olvida nunca. Las del cinco de enero eran así en mi infancia: largas, inquietas, llenas de una emoción que no me dejaba dormir. Esperaba a los Reyes Magos con una mezcla de nerviosismo y fe absoluta. En la casa de mis abuelos maternos y paternos, durante los primeros años de mi vida y la de mi hermano Carlos, los Reyes llegaban con juguetes maravillosos. No solo cumplían la lista: la superaban. Aquello era magia pura.

El seis de enero amanecía temprano. Muy temprano. Y siempre había sorpresas.
Los Reyes estuvieron presentes hasta que cumplí trece años, cuando ya iba a la secundaria. Ese último regalo no fue un juguete tradicional, sino una máquina de coser Singer, de muchas puntadas. Sin saberlo entonces, fue una manera hermosa de decirme que la infancia se despedía, pero que el acto de crear —de construir algo con las manos— apenas comenzaba.

Años después, me tocó ser yo quien saliera la noche del cinco de enero a buscar regalos. Primero acompañada, luego sola, como tantas madres. Recuerdo viajes especiales a otras ciudades para cumplir la famosa lista de Emiliano. Y cómo olvidar aquella noche en Xalapa, en esa enorme tienda de juguetes instalada junto a Plaza Cristal, donde me “chongueé” con otra mujer por el mismo juguete. No desistí. Gané la batalla. Cuando el papá de Emiliano me encontró, yo tenía la coleta chueca, el juguete en la mano y una sonrisa de victoria después del jaloneo con aquella xalapeña.

A Emiliano los Reyes le llegaron hasta que se fue a la secundaria. Nunca supe cuándo se enteró de que no venían en elefantes ni camellos desde el otro lado del mundo, ni quién fue el indiscreto que rompió el hechizo. Supongo que fue Luis, en los últimos años de primaria. Entre Emiliano y yo esa conversación nunca existió. Simplemente asumimos, en silencio, que los Reyes seguían llegando, aunque ya no hubiera lista.

El último regalo de Reyes que recibió fue en diciembre de 2023: un machete y unas botas para ir al cerro. No pude evitar notar la similitud con aquel último regalo mío a los trece años. La infancia se va, pero deja herramientas.

Este cinco de enero pasé por el centro de mi pueblo y vi a padres caminando con sus hijos, otros solos, con la misma sonrisa que alguna vez llevé yo. Y vi también algo más: la persistencia de un ritual que se niega a morir, incluso cuando la realidad insiste en aplastarlo.

Hoy Emiliano, desde hace dos años, se ha convertido en Baltazar. Junto con Gaspar y Melchor llega a Misantla para hacer felices a muchos niños, en un hotel bonito, donde el gran Pepe Cantellano los entrevista. Y quién sabe qué pasó, pero este año yo también me convertí en niña: Baltazar me regaló un hermoso teléfono y, en casa de mi mamá, un Rey Mago me dejó una pantalla para trabajar y hacer mis videos y Diacrónicos más rápido.

Y justo hoy, como si fuera un regalo incómodo del Día de Reyes, el Departamento de Justicia de Estados Unidos decidió retirar la acusación contra Nicolás Maduro como jefe del llamado Cártel de los Soles. Un gesto que parece envuelto en papel brillante, pero que deja un sabor amargo. Hay regalos que no traen alegría, solo confirman que el poder también cree en su propia magia… aunque sea oscura.

Mientras tanto, en Veracruz las carreteras siguen en pésimo estado, la inseguridad aprieta, y cada mañana los noticieros cuentan más de ocho homicidios y quince secuestros diarios en el país. Ejecuciones que nos dejan mudos por la saña. Y aun así —no sé bien cómo explicarlo— sigo creyendo.

A pesar de haber perdido en 2025 a quien me acompañó durante diez años a buscar juguetes de Reyes, no dejo de creer en ese ritual antiguo. En la magia de confiar. En la posibilidad de que algún día los Reyes Magos nos traigan de nuevo la paz, la calma y el progreso que le urgen a Veracruz.

Tal vez no lleguen en camellos. Tal vez no traigan todo lo que pedimos. Pero mientras sigamos creyendo —aunque sea con heridas— el milagro todavía tiene una oportunidad.

 

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